Enseñar:  Saber y decir

Germán Escobar, Profesor de Castellano

Afirmo que la clase expositiva no solo tiene legítima vigencia, sino que es el procedimiento de enseñanza por excelencia en la universidad. Sé que esta aseveración suena a una escandalosa herejía cuando hoy se impone el reinado de los “métodos activos” y el profesor que sigue enseñando expositivamente se siente un réprobo. A pesar de ello y aunque vaya contra la corriente, afirmo el valor superior del método expositivo. 

Mi formación como profesor la debo a esa gran institución que fue el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, la escuela que enorgullecía a sus rectores por la alta calidad de sus profesores, por los estudiantes de selección que llegaban a formarse en ella y sobre todo por sus resultados: científicos, historiadores, novelistas, poetas, filósofos y sobre todo notables maestros que hicieron grande el liceo chileno. En Castellano enseñaron hombres como Mariano Latorre, Roque E. Scarpa, Antonio Doddis, Heinz Schulte, Ambrosio Rabanales, Eleazar Huerta, Félix Martínez. Algunos de ellos llevaron su saber y sus obras a otros países. Todos enseñaban solo con la palabra, una palabra henchida de conocimiento y sabiduría.

Si es cierto que nadie da lo que no tiene, no lo es menos que el que tiene mucho puede dar mucho. Cuando se ha alcanzado un alto nivel de conocimiento a través de una vida consagrada al estudio, cuando se ha ido descubriendo gozosamente la belleza del saber, entonces viene el natural deseo de compartir lo que se sabe, de entregarlo con entusiasmo para contagiar a jóvenes con ese entusiasmo. Enseñar es un acto de generosidad, esto es, de amor. Has aprendido mucho y si eres un buen nacido sentirás el impulso a compartir tus conocimientos con los que vienen a buscarlo y esta sola consideración humanizará tu enseñanza, pues así como no basta con entregar un trozo de pan al hambriento, sino que lo noble es sentarse a su lado y acompañarlo mientras come, así enseñar es ponerse al lado del estudiante ayudándolo a aprender.  El étimo de la palabra española “alumno” es el término latino “alimentare” y entre las obras de misericordia había una que aconsejaba “dar de comer al hambriento”, dar de comer, dice, no tirarle el pan; entregar con afecto el conocimiento al alumno, no arrojárselo para después atormentarlo con pruebas cuyas preguntas parecen pensadas como tormentos.

Quiero decir que lo que hace grande al profesor, a todo profesor, es su mucho saber y su capacidad superior de entregar ese saber con palabras, con bellas y justas palabras tomadas del río caudaloso de la lengua castellana.

¿Cuánto se debe saber para atreverse a enseñar? Mucho, tanto que nunca será demasiado, pues cuanto más se va sabiendo más se dilata el ancho campo de lo que queda por conocer. Quien ignore esta verdad corre el riesgo de transmitir lo que sabe con arrogancia, poniéndose frente a los alumnos con el gesto de “háganse a un lado que aquí vengo yo con la verdad”, pero quien la entienda entregará su saber con humildad y se acercará más a los alumnos.

Pero ese conocimiento nunca será suficiente para enseñarlo si no se lo enriquece traspasando las fronteras de la especialización. Arnold Toynbee cuenta que vivió un tiempo con unos tíos que tenían una nutrida biblioteca, muchos de cuyos libros él leyó y disfrutó, hasta que sus tíos empezaron a presionarlo: Arnold, tienes que decidirte por una especialidad. Entonces se marchó. La universalidad de sus conocimientos fue lo que lo hizo ser el más grande historiador y filósofo de la historia del siglo XX.

Aquella gran institución en la que yo estudié ofrecía todas las ventajas para evitar la cerrazón cultural que provoca una especialización mal entendida: un hermoso campus con bellos árboles y jardines, donde en alguna primavera nos visitó la Orquesta Sinfónica de Chile; hacia esos jardines confluían los pabellones de clases y las residencias de estudiantes, invitando a compartir conocimientos, a discutir ideas encontradas, a asistir a conferencias y a disfrutar las obras que presentaban nuestros compañeros del CADIP (Centro de arte dramático del Instituto Pedagógico). Eran los tiempos en que las ideologías aún se manejaban con guante blanco.

Circunscribirse al estrecho saber de la especialidad marchitará el conocimiento que se va a transmitir y llegará mustio al alumno y entonces vendrá la repetición y, consecuentemente, el aburrimiento. La literatura, el arte, la historia y la filosofía ofrecen sus frutos al científico y al matemático para que sea mejor científico y mejor matemático, así como el maravilloso mundo al que se abre la física cuántica  y los grandes avances en las ciencias biológicas hacen llamados de entusiasmo incluso a los poetas. En resumen, un gran maestro tiene un cabal conocimiento de la ciencia o disciplina que enseña, pero no se encierra solo en ella porque es una persona culta que sabe que debe despertar el interés y aun el entusiasmo en sus alumnos.

Y la palabra. No se concibe un profesor provisto de abundante saber y enriquecido por la cultura que no sea un maestro de la palabra, que no conozca bien su lengua en su riquísimo léxico y en la enorme variedad de recursos idiomáticos. Ya es hora de sublevarnos contra la tiranía de la mediocridad que vulgariza la palabra, ya es hora de que la voz humana, llena de sabiduría, se imponga sobre los artilugios que llegan a silenciarla. Recordemos que in principium erat verbum,  en un principio fue el verbo, la palabra con su poder divino y con la palabra fueron hechas todas las cosas. En la mitología sumeria –acaso la más antigua de la humanidad- Marduk es reconocido como rey de los dioses por el poder de su palabra y en el Génesis se dice que Yahvé lo crea todo también con el poder de su palabra. No seremos dioses, pero podemos abrir los sentidos  de nuestros alumnos hacia el conocimiento con nuestra palabra.

Profesor: no se  enrede en metodologías, hable, hable fundiendo su saber con la palabra, no se reprima, busque palabras, sáqueles lustre, hágalas vivir, traspase a los alumnos el amor que siente por lo que enseña, encienda en ellos el entusiasmo haciendo vibrar con pasión sus palabras. Busque las palabras justas y hermosas, sonoras y penetrantes, desespérese por ser claro, hable mirando a los ojos de los alumnos, buscando que en ellos brille la comprensión y el deleite de aprender y si no lo logra del todo, vuelva atrás, saque otras palabras y ponga ejemplos, anécdotas, comparaciones, lo que sea, pero haga lucir la verdad del conocimiento.

Un profesor español que tuve cuando niño me dijo un día “enséñame tus manos”. Yo me reí porque no le hallaba sentido a eso que me dijo, pero después aprendí que el verbo “enseñar” tiene también el significado de “mostrar”, entonces, profesor, muestre, muestre con ejemplos, así como los antiguos lo hicieron desde Siria hasta la India, desde Egipto hasta la gran China con apólogos, parábolas, fábulas. Los principios fundamentales enseñados por el Nazareno están mostrados en parábolas: la del sembrador, del hijo pródigo,  del grano de mostaza … ¡y qué potencia didáctica han tenido!

Es arte la enseñanza, pero como arte que es y salvo el caso de los genios, el arte requiere trabajo paciente y un gesto humilde. Cada clase tiene un comienzo en la mente del profesor donde atesora sus conocimientos, pero también en su imaginación y en su afectividad, pues la clase debe ser  como la pieza de un orfebre: costó mucho trabajo, tiempo, paciente esfuerzo hacerla, pero cómo brillará cuando luzca en la mano de una hermosa mujer. Para que la clase sea una obra de arte hay que estudiar, hay que presentarse habiendo pensado mucho lo que se va a decir, confiando en que en el movimiento silente de las neuronas las palabras estén listas con sus ricos significados.

Y la chispa, la divina chispa que encenderá el interés, el entusiasmo, la pasión en los alumnos. Es lo que en pedagogía se llama la “motivación”.  Así como en Pamplona las fiestas de San Fermín se inician con el “chupinazo”, un estallido de cañón que abre la fiesta de la alegría y de los toros, así también debe haber un “chupinazo pedagógico”, una descarga inicial que rompa y haga trizas la pasividad y el desgano de los alumnos, algo como el “éfeta” (ábrete) con que Cristo devolvió la vista al ciego.

Termino con un recuerdo personal. En un curso de literatura tenía que hacer una introducción al estudio del barroco español, pero no encontraba la chispa que debía encender el interés de los alumnos. Nombres y obras daban vueltas en mi recuerdo, pero ¿cómo empezar? Me complicaba la paradoja histórica de un imperio español derrumbándose, con sus cansados tercios regresando vencidos a encerrarse en su territorio, disolviéndose “en humo, en polvo, en nada”, mientras en el arte producía sus mejores frutos. No, eso no calzaba.

Miraba por la ventana de mi habitación. Abajo estaba el parrón con sus hojas amarillas cayendo para morir y más allá un árbol sin hojas, pero con muchos caquis con sus pancitas rojas brillando al sol del atardecer y algunos higos colgando de la higuera. Otoño, amarillez, hojas muertas, pero también dulzura en los pámpanos tardíos  y en los caquis turgentes y en los higos: contraste entre lo que muere y los dulzores encendidos por los soles que ya se fueron. Entonces se me presentó vívida la chispa que buscaba, pues del amargo otoño de España –desmoronada como potencia, viviendo el fin de las glorias del mundo como las pintó Valdés Leal-  se erguían frutos magníficos, una constelación de grandes: Cervantes, Calderón, Quevedo, Gracián, Góngora, Ribera, Murillo, Zurbarán, Velázquez. Muy por encima del suelo con sus hojas muertas,  tentaba la dulzura inigualable del pampanito tostado por el sol o  el exquisito dulzor de la pulpa del caqui muy maduro o del higo que esconde su miel entre sus arrugas. Muy arriba de su decadencia, el arte clásico español daba sus mejores frutos. Y con este símil comencé mi clase, esa fue mi chispa y con ella logré que se abriera el deseo y el interés de mis alumnos para conocer la gran literatura del barroco español.

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